Gurisito Costero

Pocas actividades pueden reunir a la familia como la pesca. El ritual conecta múltiples generaciones, en una comunicación silenciosa. Así se pudo ver el domingo pasado en La Chimenea, en el torneo de costa del Club Martín Pescador. Desde los más chicos hasta los más grandes, todos mirando la pantalla del río, que no consume electricidad, cuya batería no se agota y tiene más prestaciones que muchos centros de salud. Compartimos una breve mirada posada sobre ellos. 
El comienzo fue el habitual. Se sabe que el pescador es más supersticioso que científico. Antes que hacer un estudio previo de las aguas, o dejarse llevar por lo que diga una aplicación especializada, la amplia mayoría de los amantes de la actividad, se guía por sensaciones, cábalas y otros enigmas ocultos.

Sólo algunos viejos pescadores de la zona, que llegaron temprano, tenían más o menos claro, dónde podía llegar a salir algo. Los demás, especialmente, los “extranjeros”, confiaron en sus conjuros. Afortunadamente, entre los cientos de competidores, unos cuantos venían de ciudades aledañas y no tanto, lo cual es una buena noticia para el turismo en Gualeguay.

Quién pudiera ser pescado para saber las decisiones que toma la especie cada día. La cuestión es que ya sea por el viento, la correntada, o por la decisión tomada por el sindicato de anfibios, el pique fue medio esquivo desde el comienzo. Ante esto, existen algunas actitudes típicas. Algunos se vuelcan más fervientemente a la superstición, y deciden cambiar el lugar en el que estaban sentados, o retomar algún antiguo ritual que les funcionó en una jornada exitosa. Otros se ponen quisquillosos, empiezan a hacer maniobras alocadas que sólo sirven para enganchar al vecino (hay que destacar que eran cientos los que participaban del torneo), y ponen nervioso a su entorno. Afortunadamente, son minoría. Un tercer grupo, se relaja y disfruta de todo el valor agregado que trae aparejada una jornada de pesca. Prenden un fueguito, arreglan el mate, se toman una fría o simplemente, pierden su mirada en el horizonte. 
La competencia es casi una excusa, pero hay que destacar el trabajo de los miembros del club Martín Pescador. Toda la jornada al pie del cañón, resolviendo problemas, haciéndose cargo de todo lo que fuera posible. La organización del torneo fue excelente, y como uno de los miembros explicó, esta experiencia les sirve para seguir mejorando el año que viene. El deseo de todos es que crezca cada vez más. Se fueron dando los pesajes, y de a poco, el mediodía y la tarde iban cayendo. Algunos se desentendían del torneo, y paseaban por el hermoso predio, o disfrutaban de la cantina. Una imagen me marcó más que ninguna otra. Fuera de la zona de competencia, un niño solo pescando durante horas. Hay esperanza. Hay conservación de la naturaleza, pero también hay continuidad de los rituales. Como cantara el Zurdo Martínez, “la pesca no da pa’ ropa”, pero bien que llena el alma.