Apuntes para apagar el Infierno

Gualeguay ya no es “pueblo azul y quieto bajo la madrugada”, al decir de los poetas. La cercanía con Buenos Aires y Rosario, y su propio crecimiento independiente la van convirtiendo en una ciudad cada día más grande. Sin embargo, como es sabido, conserva todavía algunas de las costumbres pueblerinas que lo hacen atractivo y digno también de una lectura crítica. La siesta, la solidaridad, el paisaje, las distancias y cierta tranquilidad apenas alterada por hechos aislados, son los tesoros que queremos conservar a toda costa. Del otro lado, también existen algunos puntos que nos gustaría poner bajo la lupa, especialmente, vinculados a la gran metáfora del “infierno grande”.

El derecho a la vida privada

Además de tener deportes casi exclusivos como el tenis criollo, Gualeguay comparte disciplinas comunes con otros pueblos chicos y grandes. Uno de ellos es el que se practica desnudando la intimidad de nuestros vecinos. Dicho en castellano básico: el chisme. Corren por los grupos de Whatsapp las biografías sentimentales de los gualeyos a diario, algunas de ellas ilustradas con imágenes que permitan corroborar el dato que se está propagando. Más allá de la veracidad de estas afirmaciones (lo cual para nosotros es indistinto, pero que a veces causa un injusto dolor entre los damnificados), lo importante del juego es destapar, develar la vida privada del otro, aquel a quien luego saludamos recordando el dato que nos fue proporcionado. Incluso, a veces, se utilizan redes sociales de amplio impacto, para que la noticia corra lo más rápido posible y se viralice sin control. Lo más triste de este deporte, es que el único premio es la vejación del otro. Nadie fue premiado como el campeón del chisme, más allá de los esfuerzos que algunos han hecho en ese sentido.

Espacio público y espacio privado

Hay que hacer notar una cuestión importante. Acá no estamos hablando de actividades vinculadas a la vida pública. Si se utiliza una red social para revelar que tal o cual funcionario está haciendo negocios con la cosa pública, o que tal o cual empresa está violando la ley, y se aportan elementos en ese sentido (porque si no, volvemos al problema de los chismes y al daño que causan), bienvenido sea. Usadas de esta forma, las redes sociales son una forma de democratizar la información de una potencia descomunal. Tampoco nos referimos a las denuncias de abuso y violencia que pueden viralizarse como forma de proteger a otros posibles damnificados (aunque siempre hay que tener presente la “la vigilancia anti chisme”, que no es otra cosa que el chequear la información que estamos difundiendo). De lo que hablamos acá es de la mala costumbre de violar la intimidad de las personas. En las grandes ciudades, la parte positiva del anonimato, es que este deporte no tiene razón de ser.

Los casos recientes

Vamos a tomar dos hechos que fueron parte de la agenda de los medios de comunicación locales en los últimos tiempos. Se trata de dos desapariciones: la primera de ellas, la de Omar Benvenuto, y la segunda es la de Fabián Fahler. Apenas conocido lo sucedido con el empresario local, empezaron a correr por los grupos historias vinculadas a sus relaciones familiares, posibles amoríos a nivel local, nacional e internacional. No es lo mismo ponerse a charlar con alguien mate de por medio de lo que uno supone, que tomarse el trabajo de difundirlo a través de las redes sociales para que esa información circule. De acuerdo a los resultados obtenidos, ninguno de esos chismes han aportado nada. Quizás, solamente habrán servido para dañar a las personas que hayan sido involucradas injustamente. En el segundo caso, tras la aparición con vida del joven, se disparó una novela en torno a su vida sentimental. Algunos, en vez de festejar la aparición con vida de un hombre que tiene hijos chicos, empezaron a criticar su conducta íntima. De la búsqueda desesperada, al escarnio público. Sin escalas.

 

Apuntes finales

Los problemas de la vida privada, deberían resolverse en privado, y los asuntos públicos, discutirse en los ámbitos correspondientes. Esta opinión, apunta especialmente a los jóvenes, quienes a veces se sienten enfervorizados con la posibilidad de hacer públicas en las redes todos los detalles de su vida. De esa manera, no dejan lugar a la imaginación, ni conservan algún espacio para sí mismos, que resulta necesario para tener una identidad, ni se protegen de los peligros que eso supone. Como elemento final, vale aclarar que esto no es una crítica contra “la identidad gualeya”, sino precisamente, una invitación a sacarnos el lastre que pueda impedir el desarrollo de una sociedad más moderna, democrática y preocupada por lo verdaderamente importante. Desde los medios de comunicación, nuestra responsabilidad, es no contribuir echando brasas al Infierno.